Tiquete sin regreso Quince minutos después, Campo Elías Delgado timbró en el número 201 del citófono del edificio de la carrera 28A N° 51-31. “¿Quién es?”, preguntó una voz de mujer. “Campo Elías”, respondió el visitante. Doña Clemencia de Castro bajó entonces las escaleras y le abrió la puerta del edificio al amigo que llevaba un año sin ver. Inicialmente, Delgado preguntó por don Jesús, el esposo de doña Clemencia. Ella le dijo que no estaba y lo invitó a seguir al apartamento. Entre Delgado y la familia Castro existía una amistad de más de cinco años. Se habían conocido a través de otra familia, vecina también del sector de Sears, en una noche en que todos se habían puesto cita para jugar póker, una de las mayores pasiones de Delgado.Con el paso del tiempo, Delgado, que era hombre de pocos amigos, se encariñó con la familia Castro, a tal punto que se convirtió en un visitante frecuente de esa casa. Como hablaba muy buen inglés, hace dos años les ofreció enseñarles el idioma utilizando como libro de texto la obra Dr. Jekyll and Mr. Hyde de Robert L. Stevenson.Como cosa rara, esa noche Delgado llegó con vestido entero, contrariando su costumbre de ir siempre en mangas de camisa aun en las noches más frías. Era evidente que estaba tan excesivamente peluqueado como lo estaba el ex combatiente de Vietnam que Robert de Niro interpreta en Taxi Driver antes de desatar su orgía de sangre. Hablaba casi compulsivamente. Repetía varias veces una misma frase y a pesar de la insistencia de doña Clemencia no quiso sentarse. Caminaba de un lado a otro de la pequeña sala-comedor, adornada con cuadros sobre las paredes grises y varias macetas con helechos de plástico. A cada paso sus zapatos golpeaban fuertemente el piso de madera.“A él le gustaba mucho la Coca-Cola y por eso le ofrecí una”, recuerda doña Clemencia, quien a la mañana siguiente habría de dar a Caracol las primeras pistas sobre la personalidad de Delgado. “Mientras se la tomaba —relató a SEMANA— hablamos de mis hijos. Al menor (Andrés, de 12 años) le fue mal este año en el colegio. Y Campo Elías me insistió mucho en que no lo regañara porque él iba a enderezarse”.El interés de Delgado por el hijo menor de los Castro era usual, permanentemente le demostraba un cariño especial. Le regalaba chocolatinas y hablaba mucho con él. Esa misma noche, Delgado tuvo oportunidad de conversar un rato con el niño, a quien dio algunos consejos y le acarició la cabeza .Doña Clemencia recuerda que mientras esto sucedía, observó que Delgado tenía el saco cerrado. “Se le notaba un bulto sobre el costado izquierdo. Yo pensé para mis adentros: ¿será la pistola? porque él generalmente andaba armado desde cuando una vez en Nueva York un asaltante le dio un balazo en el tórax”.Delgado y doña Clemencia continuaron conversando, él siempre de pie y ella sentada. En realidad, era casi un monólogo del visitante. “Normalmente él no era tan hablador pero el jueves en la noche, yo casi no pude interrumpirlo. Insistió mucho en que nos quería. Habló de un viaje y me aseguró que la única familia de la que se iba a despedir era de la nuestra. Dijo que había comprado un tiquete sin regreso. Y señaló con sus manos que se iba a ir de un extremo a otro extremo; a la antípoda. Habló de irse a Estados Unidos pero luego cambió de idea y comenzó a hablar de la China”. Hacia las 6 y 45, Delgado se despidió de doña Clemencia lamentando que su esposo no hubiera estado. Mientras bajaban las escaleras, él insistió: “Los quiero mucho”. Doña Clemencia le preguntó si les iba a escribir. A lo cual le respondió: “No se preocupen que noticias mías van a recibir pronto, muy pronto”. Tres horas después, José Fernández Gómez se las daría.
La ultima cena Y las noticias eran grandes y graves. A las 7:15, Campo Elías Delgado llegó a su restaurante favorito, la Pizzería Pozzetto, en la carrera 7a. con calle 62. Saludó a los meseros que lo conocían, se sentó en una mesa y pidió media botella de vino y unos espaguetis bolognesa. Colocó a su lado el maletín negro que había llevado en las últimas horas. Fue como siempre muy amable y el único detalle extraño que notaron los meseros fue que en varias ocasiones se paró al baño. Pasadas las 8 de la noche terminó la comida y pidió un primer `destornillador' (vodka con jugo de naranja). Pidió luego un segundo trago y, como el primero, lo bebió sin apuros, mientras leía detenidamente una revista norteamericana. Terminado el segundo trago, Delgado pidió la cuenta, la canceló, y le dijo al mesero Ecce Homo Rosas, que le iba a componer un poema.Ni el mesero ni ninguna de las 35 personas que se encontraban en el primer piso del restaurante, tuvieron oportunidad de enterarse de que afuera, no muy lejos de allí, decenas de agentes de Policía estaban buscando a Delgado, quien dentro de la pizzería parecía en ese momento tan inofensivo como el resto de los clientes.Pero no sólo los policías estaban enterados de lo que Delgado había hecho en el edificio donde vivía. Decenas de periodistas andaban ya tras la noticia y algunas emisoras de radio habían dado el flash de que un sicópata andaba suelto por las calles de Bogotá. La noticia interrumpió las entrevistas de camerino de los enviados especiales a Santiago de Chile sobre el primer regalo de Navidad que millones de colombianos habían recibido esa noche: el emocionante triunfo de la Selección Nacional juvenil de fútbol sobre el poderoso equipo del Brasil. Todo esto explicaba la inusual soledad de las calles bogotanas a hora tan temprana en día de semana.Hacia los 8:15, Delgado ya había pedido un tercer vodka. Simultáneamente, a ocho cuadras del restaurante, dos máquinas del cuerpo de bomberos terminaban de apagar el incendio de su apartamento y las autoridades llevaban a cabo el levantamiento de los primeros cadáveres. Poco después, Delgado pidió la cuenta de ese último vodka y se sentó en la barra, después de entregarle la revista y el poema a Ecce Homo. Pidió un cuarto vodka, el maletín negro siempre al lado.
Desde la barreraUnos minutos antes de las 7, Carlos Fernández y su esposa Patricia, que viven en el apartamento 401 de un edificio ubicado en frente de la pizzería, oyeron a Pilar Castaño, en el Noticiero de las Siete, anunciar que un hombre había matado e incinerado a su madre y asesinado a dos personas más, en un edificio de la carrera séptima con calle 52. Vieron entonces las primeras imágenes del incendio del cuarto piso del edificio que habitaba Delgado. Pero la noticia no había acabado de suceder.Hacia las 9:15 los Fernández escucharon un primer disparo y luego cinco más, uno detrás de otro. “No escuché ningún grito —relata Fernández a SEMANA—, sólo pensé en esconderme con mi niña de dos semanas, lejos de la ventana. Es lo mismo que hago siempre que hay tiros por aquí cerca. Esperé tres o cuatro minutos, tal vez más, había un gran silencio y Patricia se acercó a la ventana. Yo la seguí y alcancé a ver cómo llegaban los primeros policías. Como tenía mi cámara a la mano, tomé algunas fotos, mientras los policías rodeaban el lugar. Creo que escuché algunos tiros más adentro de la pizzería. Los agentes se acercaron a las ventanas, rompieron los vidrios y rasgaron las cortinas, mientras disparaban para cubrirse unos a otros. Recuerdo que vi a don Bruno, el dueño del restaurante, cuando salió por la puerta gritando: `No me destrocen más esto, que ya me ha costado como un millón de pesos'. En esos momentos, se produjo un nutrido tiroteo y me parece que de adentro se oyeron más disparos. Desde el costado izquierdo, donde venden las pastas, un policía rasgó la cortina y vi cómo vaciaba el cargador de su arma hacia un blanco muy definido. Era la primera vez que uno de los agentes disparaba repetidamente hacia un lugar específico, pues los demás habían estado disparando un poco a la loca. Hubo algunos tiros más y los agentes comenzaron a entrar gateando. Don Bruno intentó seguirlos, y rápidamente lo sacaron, mientras le gritaban. Vi entonces a un muchacho que corría de un lado a otro gritando: `¡Mataron a nuestra madrecita! ¡Mataron a nuestra madrecita!'. Luego vi cómo se acercaba a uno de los carros parqueados frente al restaurante y le daba golpes en el techo”.Lejos estaban los Fernández de imaginar las sangrientas escenas y los minutos de espanto que se habían vivido en el interior del restaurante; una masacre sin precedentes en los últimos 20 años de historia. Después vino la confusión, el caos. Patrullas de Policía tenían aislado el sector y procuraban poner orden, para que los médicos legistas pudieran adelantar las diligencias de levantamiento de los cadáveres y los heridos fueran conducidos a los centros hospitalarios. Comenzaron entonces las distintas versiones de los hechos. Aquí y allá, los medios de comunicación entrevistaban gente y recogían testimonios a veces contradictorios. Sin embargo, apareció lo que podría considerarse un testigo de excepción: el cardiólogo Pedro José Sarmiento, a quien el azar de tres disparos fallidos le había salvado la vida.Sarmiento se hallaba comiendo con un colega suyo, el médico boliviano Andrés Montaño Figueroa. La orden que les habían tomado no alcanzó a llegar a la cocina. De espaldas al resto de la gente que se hallaba en el restaurante, oyó un totazo que pensó que era una bomba. Cuando escuchó varias detonaciones más, seguidas, supo que se trataba de disparos. No alcanzó a voltearse, cuando oyó una voz que gritaba: “Esto es un asalto. ¡Todo el mundo al suelo! Entréguenme el efectivo, no quiero joyas. El efectivo. ¡Bótense al suelo!”. Era lo mismo que escuchaba, pero dándole la cara a Delgado, Myriam Ortiz de Parrado, de 45 años, madre de cuatro hijos. Ella no puede olvidar que decía: “Nadie me debe ver la cara. Ustedes no me han visto nunca”.Los comensales obedecieron las órdenes y comenzaron a sacar sus pertenencias. Sarmiento, quien se había tirado al suelo y yacía boca arriba, pensó que no habría problema, que una vez que la gente entregara su dinero los atracadores se irían. Sin embargo, esto estaba lejos de ser así. La posición de Sarmiento le permitió ver la forma como procedió Delgado: “Ese tipo le pedía plata a la gente y cuando se agachaba a recogerla le disparaba y la mataba. El tipo llegó al lado de Montaño. No sé si le dio o no dinero. Entonces oí disparos, Montaño quedó ahí. Cuando se me acercó fui a darle seis mil pesos que llevaba. Me eché un poco hacia atrás y él me disparó. Pensé que era mi fin y él siguió a matar a los otros. Me toqué el ojo derecho por donde me había disparado. Lo sentí, empecé a marearme”. Era la segunda vez que se salvaba. Segundos antes, dos balas habían pasado rozándolo apenas. Pero Delgado siguió cobrando sus víctimas, hasta cuando un policía destrozó uno de los ventanales de la fachada y disparó. Era el fin. Delgado cayó entonces.Es aquí donde surge la duda de si Delgado se suicidó, o si fue la Policía quien le dio de baja Una niña, Johana Cubillos Garzón, estaba allí esa noche negra: no sólo vio morir a su hermanita de 11 años sino que asegura que vio cómo Delgado se suicidaba. “Yo vi todo, yo era la única que lo estaba viendo. El loco pedía que le dieran dinero en efectivo y que dejáramos los billetes sobre las mesas al tiempo que daba vueltas en el salón disparando y matando. De pronto se paró junto a mí, me miró y pensé que me iba a matar, pero no lo hizo, pensé que dispararía pero no lo hizo, no se por qué no me mató, pero a mi hermana ya la había asesinado. Yo miraba cómo mataba a la gente y no podía hacer nada. Hasta que llegó la Policía y rompió un vidrio, entonces vi cómo el loco se disparó y cayó”.
Que entre el diablo y escoja Eran cerca de las 9:30 de la noche. En medio de sillas y mesas en desorden, vasos y platos rotos, yacían sin vida los cuerpos de cinco mujeres y nueve hombres. Quince personas más se quejaban de sus heridas. Cuando las autoridades hicieron su entrada pensaron, por el número de muertos “que nos íbamos a encontrar con pozos de sangre. Pero no fue así. Descubrimos que la mayor parte de las víctimas había muerto de dos disparos en la cabeza”. Para la Policía esto revelaba la certera puntería de un hombre entrenado. Delgado, dicen algunos de quienes lo conocieron, se preciaba de ser el mejor frente a un polígono.Sobre las escenas de horror comenzaron las diligencias para identificar a las víctimas, diligencias que sólo terminarían a las 2 de la mañana. Los heridos fueron trasladados a los hospitales de San José, San Ignacio, San Pedro y Militar, y horas más tarde seis de ellos morirían. Se elevaba a 20 la cifra de los muertos en el restaurante y a 28 el total de la trágica jornada.Dos mujeres de apellido Infante, las únicas habitantes de la casa que sobre la séptima limita con el restaurante, sintieron personalmente cómo se ramificaba y extendía como mancha de aceite la tragedia. Un frasco de calmantes, litros de agua aromática y un teléfono que siempre pusieron a disposición de los familiares de las víctimas, fueron los servicios que hasta el final de la noche prestaron, aún temblando, estas dos samaritanas.Como en cualquier sitio público, aquella noche en Pozzetto se habían mezclado personas de diferentes profesiones, orígenes y edades. Con la mención de los nombres de las víctimas que la radio transmitía en directo desde el sitio, el país se fue enterando de quiénes habían encontrado esa noche su cita con la muerte
7. Comentario; Ahora bien escogimos el documento de la revista Semana como documento base para nuestro trabajo, por que lo tomamos como documento que mira esta noticia desde un punto global y al parecer como La revista Semana no es un diario si no que es una publicación que sale cada semana, asumimos que esta edición tomo la noticia global que estuvieron publicando toda la semana entonces puede tener un porcentaje mayor de verdad dentro de su información.
jueves, 15 de octubre de 2009
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